Newton intentó crear un idioma universal dos siglos antes del esperanto

12 de Junio de 2016 Actualizado: 06 de Octubre de 2016

Teorías sobre la viscosidad, trabajos sobre luz y óptica, sus leyes sobre la dinámica… Sin olvidar, cómo no, la gravitación universal. Isaac Newton es uno de los científicos más importantes de la historia de la humanidad. Hay un antes y un después de sus investigaciones. Una manzana cambió nuestra visión del mundo. Y por si esto fuera poco, el británico también intentó construir su propio idioma. Sin embargo se quedó en eso, en un intento, y decidió dedicarse a trabajos más fructíferos.

Cuando Newton estaba estudiando en la Universidad de Cambridge, dedicó parte de sus esfuerzos a crear una lengua universal que pudiera servir para todo el planeta y se rigiera por unos criterios que él consideraba lógicos. Newton pensaba que cuando aprendíamos el léxico o las normas de un nuevo idioma (o incluso del propio) no sabíamos por qué una palabra sonaba o se escribía de una determinada manera. Es decir, si cogemos una palabra como ‘manzana’, y suponiendo que no la conociéramos previamente, no hay nada en sus letras, sonidos o secuencia de estos que nos haga saber inmediatamente que se trata de una fruta, de algo para comer o de una cosa que tiene piel.

Sir Isaac Newton, 1689, Caballero Gottfried Kneller. (Dominio público, PD-old-100)
Sir Isaac Newton, 1689, Caballero Gottfried Kneller. (Dominio público, PD-old-100)

Así, la propuesta de Newton era que las palabras estuvieran ordenadas por categorías, de tal manera que aprendiendo las categorías sabríamos a qué palabra pertenece cada una de ellas cuando intentamos aprenderla. Su teoría decía así: “Hagamos que los nombres del mismo tipo de cosas empiecen con la misma letra”. De este modo, imaginemos que se decide que todas las frutas comienzan por la letra a. Ahora oímos la palabra ‘agnar’ (atribuible a ‘manzana’); no tenemos ni idea de lo que es, pero algo tenemos claro: se trata de una fruta.

En conclusión, las palabras tendrían su significado marcado por el orden de las diferentes letras que la formaran. Incluso, los prefijos y los sufijos modificarían aquel. Newton dio mucha importancia a estos. Por ejemplo: supongamos que la palabra para temperatura es ‘tor’. ¿Cómo podemos decir si una temperatura es alta, baja, fría, caliente, helada…? Echando mano de prefijos con significado: diríamos ‘owtor’ al hablar de un mes de agosto en Sevilla, porque querríamos decir que es ‘extremadamente caluroso’. En cambio, si visitamos a los pingüinos de la Antártida, probablemente diríamos que vamos a tener una temperatura ‘oytor’ o ‘muy fría’. En medio, otras muchas palabras: ‘awtor’ sería bastante caliente, ‘etor’ haría referencia a tibio o cálido…

No era la primera vez que alguien había intentado crear un lenguaje universal: había trabajos anteriores que se construyeron con símbolos, números o letras. Por otra parte, Newton sabía que llevar a cabo su idea costaría de mucho trabajo y esfuerzo, ya que llegar a tal grado de precisión no sería fácil. Finalmente, desechó su idea y se puso a trabajar en otros campos por los que todos lo reconocemos ahora.

Habría que esperar más de dos siglos para que la idea de un idioma universal tuviera más aceptación entre la población: el esperanto rescataba, basándose en raíces del latín y de otros idiomas, la idea de una lengua que todos los humanos pudieran hablar de forma igual y así eliminar la torre de Babel actual. A pesar de que la idea tampoco fructificó, hoy todavía son muchos los que aprenden y hablan esta lengua, gracias a las virtudes de internet.

Newton abandonó sus intenciones, pero en aquella época hubo otros valientes que sí decidieron seguir adelante. Fue el caso de John Wilkins, uno de los miembros fundadores de la Royal Society. Wilkins sí dedicó su vida entera a este trabajo y llegó a publicar un diccionario de más de 600 páginas con sus propuestas. En él, almacenaba todo el conocimiento universal en 40 categorías que se podían dividir en diferencias y luego estas en especies. Cada categoría tenía asignadas una sílaba de dos letras; cada diferencia, una consonante, y cada especie, una vocal.
De este modo, ‘de’ sería un elemento; ‘deb’, el fuego (el primero de los elementos), y ‘deba’ sería una llama (o lo que es lo mismo, una parte del fuego, que está dentro de los elementos). La propuesta recibió algún aplauso en su época, allá por 1668, pero pocos la utilizaron. Por otra parte, la propuesta de Wilkins pretendía abarcar todo el universo… que no es finito, precisamente. Además, habría que poner de acuerdo en lo básico a muchos seres humanos: ¿qué es el universo? ¿Qué son los elementos?

Italia, cuna de un rico patrimonio cultural, se puede recorrer a través de las historias y emociones que regalan los libros.
Italia, cuna de un rico patrimonio cultural, se puede recorrer a través de las historias y emociones que regalan los libros. Elpost.com.ar

Aun así, este idioma siguió dando de que hablar. En el siglo XX, escritores como Umberto Eco y Jorge Luis Borges lo reseñaron. El argentino dijo de él: “Notoriamente no hay clasificación del universo que no sea arbitraria y conjetural. La razón es muy simple: no sabemos qué cosa es el universo. […] Cabe ir más lejos; cabe sospechar que no hay universo en el sentido orgánico unificador, que tiene esa ambiciosa palabra”. Los esfuerzos de Wilkins fueron grandes, pero resultaron en vano.

Wilkins quedó para los estudiosos y el esperanto para los más valientes. La idea de un idioma universal sigue en el aire si alguien la quiere retomar. Otra opción es hacer como Isaac Newton y dedicarse a otras labores. Tú eliges.

Fuentes de información de Gizmodo, Wikipedia, Hoja de Router y Kubernética.
Imágenes de Pixabay, Wikipedia e idintify media

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