Un mendigo se confunde cuando el emperador le pide un poco de arroz, luego ve un regalo en su tazón

Por Li Yen
14 de Agosto de 2019 Actualizado: 14 de Agosto de 2019

“Palabras de Sabiduría” apunta a resaltar la importancia de la moralidad, y creemos que nuestros lectores se beneficiarán de la lectura. Esperamos que disfruten de esta historia.

Esta historia retrata perfectamente la moraleja de “El corazón que da, recibe”, una famosa cita del siglo VI a.C. del texto chino de Tao Te Ching, escrito por el antiguo filósofo y sabio Lao Tsu.

Érase una vez un mendigo que, día tras día, se sentaba en las calles polvorientas para pedir limosna y arroz a los transeúntes. Usó el dinero de la mendicidad para comprar la leña y prepararse la comida.

Durante la noche, se cubrió con unos cuantos trapos y durmió bajo la luna. La existencia en la calle era dura, pero con el paso de los años se acostumbró a esta forma de vida.

Imagen Ilustrativa. (Fresnel/Shutterstock)

Un día, sin embargo, el mendigo encontró un rayo de esperanza cuando oyó que el emperador muy pronto estaría visitando la ciudad.

“El emperador ciertamente me hará un generoso regalo al ver el lamentable estado en el que me encuentro. Seguramente, este hombre, el más rico de todos, se compadecerá de un humilde mendigo”, pensó.

Así, el mendigo reunió sus pertenencias y se acomodó la noche anterior en la ruta por la que el Emperador iba a pasar. Se sentó allí mirando el amanecer y esperando a que pasara la procesión.

Moraleja del Emperador y el mendigo
Imagen Ilustrativa. (vukirill_makarov/Shutterstock)

Por fin, hacia el mediodía, llegó la caravana real, que se detuvo a su lado.

El mendigo solo esperaba un poco de reconocimiento y un regalo de los sirvientes del emperador. Estaba asombrado de que la cabalgata se detuviera frente a él.

Aún más increíble, el emperador se acercó al mendigo, le estrechó la mano, lo tomó por el hombro y le miró a los ojos. Le preguntó: “Dígame, amable señor, ¿podría darme un poco de arroz?”.

Por un momento, el mendigo se sintió confundido por la extraña petición del gran gobernante.

Tazón de arroz
Imagen Ilustrativa. (Pezibear/Pixabay)

El emperador sacó su tazón de arroz y le dijo: “¿Me das un poco de arroz?”.

El mendigo no podía creer que el rico gobernante, que lo tenía todo, estuviera pidiendo a un pobre hombre como él unos granos de arroz. No había forma de que pudiera negar la petición del emperador. Así, tomó indignado el cuenco del emperador y dejó caer cinco granos de arroz en él antes de devolvérselo a regañadientes al gobernante.

Cumplida su petición, los ojos del emperador brillaron. Agradeció profundamente al mendigo, volvió a estrechar su mano y reanudó su viaje.

Desconcertado, descontento y herido, el mendigo cansado vio tristemente cómo la caravana real se desvanecía en el polvo, dejándolo solo una vez más en la calle, su hogar.

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Esa noche, mientras el mendigo limpiaba su arroz para la cena, vio algo que brillaba en el cuenco. Al mirarlo más de cerca, se emocionó muchísimo.

Desenterró el pequeño objeto tan rápido como pudo y lo sostuvo bajo la luz de la luna. ¡Era una pepita de oro! Esto fue suficiente para sacarlo durante meses de la calle.

Rápidamente escudriñó el arroz para buscar más pepitas de oro. Al final, encontró, ¡uno… dos… tres… cuatro piezas más!

Oro
Imagen Ilustrativa. (Emma_Ted/Pixabay)

Mientras el mendigo miraba la pequeña fortuna en su tazón de arroz, se dio cuenta de que las cinco pepitas eran por los cinco granos de arroz que le había regalado al emperador.

Esta bella historia nos recuerda que “El corazón que da, recibe” y “Es en dar donde recibimos”.

Puñado de arroz
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La vida es como un eco. Lo que va, vuelve. Cuando damos amor, seremos amados. Y cuanto más damos, más recibiremos. Por lo tanto, ¡da y la vida te devolverá 10 veces más!

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