En los sótanos del totalitarismo

Por Ernesto Araújo
13 de diciembre de 2022 5:37 PM Actualizado: 13 de diciembre de 2022 6:01 PM

En su libro «Los orígenes del totalitarismo», Hannah Arendt parece haberse dirigido menos a sus contemporáneos de los años cincuenta y sesenta que a nosotros, ciudadanos de este extraño siglo XXI, que está transformando el nostálgico –y engañoso– triunfo de la democracia liberal y la economía de mercado en una férrea hegemonía de la sociedad que ejerce control alrededor del eje Davos-Beijing, bajo las enseñanzas de una especie de ‘Mao Tse-Schwab’ o ‘Gates Tse-Tung’ y el fuerte apoyo de la camarilla narcosocialista latinoamericana.

Hannah Arendt introdujo la distinción entre Dictadura y Totalitarismo, caracterizando el régimen dictatorial como el ejercido por una persona, con el único objetivo de su propia permanencia en el poder, mientras que en el régimen totalitario el poder no es ejercido por una persona o grupo, sino por una ideología, un modelo mucho más dañino y destructivo, porque opera por sobre la mente de los oprimidos –y de los propios opresores– y no solo sobre el cuerpo. El totalitarismo surge cuando una sociedad perdió sus referencias culturales y espirituales, cuando se fragmentó en individuos desarraigados y, al no saber como pensar, entrega el comando de sus ideas y por lo tanto de su conducta a un sistema de pensamiento externo, organizado para la dominación y no para la búsqueda de la verdad. Este es exactamente el panorama que vivimos hoy en el mundo. En un completo desierto moral y espiritual, las personas entregan voluntariamente el poder sobre sus vidas a unidades de comando externas con el pretexto de «salvar el planeta», «luchar contra la desigualdad» o «salvar vidas durante la pandemia», todo ello bajo la máscara de la manipulación, donde la verdadera ciencia se sustituye por la palabra «ciencia» y el control de los medios de comunicación se impone a fuerza de hierro y fuego. Ahora bien, estalinistas y nazis también actuaron en nombre de la «ciencia», también gobernaron mediante la propaganda y la censura, también justificaron sus atrocidades por el bien común de sus pueblos. Ambos consideraban que ciertos elementos de sus sociedades no merecían ninguna protección legal, algo que puede observarse hoy en el discurso de los globalistas contra las personas que se niegan a recibir ciertas inyecciones potencialmente letales o, en Brasil, contra los «bolsonaristas», una «raza maldita» de la que el país necesita «deshacerse», según un afamado político de izquierda.

Hannah Arendt entendió cómo se genera el totalitarismo. Entendió que el totalitarismo no llega anunciando el mal que representa, sino pretendiendo instaurar algún tipo de bien, y penetra por la manipulación del discurso aprovechando el vacío que ha dejado el materialismo en la conciencia humana. Ella lo entendió, pero sus sucesores intelectuales occidentales durante décadas no lo entendieron y permanecen en esta ignorancia cómplice. Ellos agachan la cabeza y no ven a los marxistas –los cuales, ellos sí, entendieron a Hannah Arendt– los que tomaron por asalto la civilización occidental sin que nadie se diera cuenta, blandiendo palabras como «clima» y «género» en lugar de «trabajadores» y «burguesía», ondeando banderas con créditos de carbono y jeringuillas en lugar de la hoz y el martillo.

Los intelectuales y políticos que podrían haber frenado este avance prefirieron mostrarse complacientes –y cuando no, colaborativos. Ellos rechazaron, con aire de superioridad, cualquier sugerencia de una refundación comunista en forma de globalismo –»Oh, no tiene la hoz y el martillo, no es comunismo». Bien. ¿Ese es el criterio? Pero cuando aparece el Partido Comunista Chino, la entidad más poderosa del mundo, exhibiendo abiertamente su hoz y su martillo, los mismos intelectuales y políticos vuelven a desviarse de la pelota –»Tiene hoz y martillo, pero no es comunismo». Nunca es comunismo, nunca es totalitarismo para ellos, porque si lo reconocieran como tal tendrían que combatirlo en nombre de la democracia que todavía dicen apreciar. Ellos siempre están dispuestos a luchar contra el fascismo imaginario, nunca contra el comunismo real. Si alguien aparece bebiendo un vaso de leche, gritan «fascismo» y hacen sonar todas las alarmas de cancelación y censura, pero no muestran ninguna reacción cuando se va estableciendo a su alrededor un sistema de espacio social para el filtrado ideológico, o cuando los tribunales constitucionales se transforman en tribunales de excepción. Ellos quieren todo menos luchar contra un sistema que les beneficia de alguna manera.

El totalitarismo del siglo XXI no derrotó a las élites «democráticas» occidentales en el terreno de las ideas, ni las envió al Gulag, ni las ahorcó –simplemente las compró.

En Brasil, las élites políticas, económicas e intelectuales ya se han vendido completamente. Ellos importaron la ideología «woke» para justificar el robo. Desde otro punto de vista, el comunismo se instaló en Brasil a través de la corrupción endémica, corrupción no solo material sino también moral. Yo llamé a este sistema la «dictadura del corruptariado», pero en la terminología de Hannah Arendt no es realmente una simple dictadura, sino un verdadero régimen totalitario, porque este mecanismo no está gobernado por un gran líder, una especie de Super Corrupto (¡habría tantos disputando este título!), sino por un sistema de manipulación psicológica y represión creciente, operado por algunas figuras bien conocidas, pero independientemente.

Ese régimen está a punto de consolidarse. El barco totalitario está a punto de zarpar, con el pueblo encadenado en los sótanos oscuros. Con cinismo y astucia, el sistema ha dado a esta servidumbre impuesta al pueblo el nombre de «democracia», ha colgado la palabra «democracia» en los muros de la prisión, de modo que cuando alguien se rebela y exclama que no quiere estar allí, y suplica libertad, el sistema interviene, furioso –»¿Qué? ¿Usted no quiere estar aquí? ¿Usted está en contra de la democracia?» No, solo estoy en contra de esta fétida mazmorra. Estoy en contra de su sistema totalitario, aunque usted lo llame democracia. Estoy en contra del estado de putrefacción ética al que usted nos somete, aunque usted lo llamen estado democrático de derecho. Quiero salir a la luz de la libertad y la verdad, aunque usted lo llame extremismo o lo que sea. «¡Antidemocrático! ¡Raza maldita! ¡Tírenlo por la borda!»

Está zarpando el barco que lleva a Brasil a la tumba. Forma parte de toda una flota que está navegando al Occidente, que está llevando a la tumba a todas las naciones libres del mundo y a la propia humanidad.

Ese barco no puede zarpar.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times

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