Ucrania y Palestina: la encrucijada del mundo

Por Gerardo De la Concha
25 de mayo de 2024 7:39 PM Actualizado: 25 de mayo de 2024 7:39 PM

Opinión

Ucrania y Palestina marcan ya nuestra época, que comenzó cuando el siglo XX dejó de existir después de la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética. La ilusión de las élites mundiales en aquel entonces era que comenzaba el fin de la historia y surgía el predominio unipolar como resultado de esos dos hechos más que simbólicos.

Recuerdo que en diciembre de 1989 me encontraba de vacaciones. Y en la habitación del hotel me tocó ver en las noticias televisivas el comienzo de la revuelta rumana contra el gobierno de Nicolás Ceacescu. Un día después de la Navidad la televisión transmitió imágenes del fusilamiento del líder comunista y de Ana, su esposa, una bruja con la que gobernaba basado en opresión y caprichos.

Después de esos hechos se preveía el renacimiento del cristianismo rumano, reprimido por la tiranía comunista. Pero más allá de esa circunstancia profunda circunscrita a ese país, lo sucedido en Rumania parecía un presagio: lo estable no lo era tanto y los vientos de cambio se podían convertir en tempestades.

Y así fue, el derrumbe del Muro de Berlín simbolizó no el fin de la historia sino el acabamiento del ciclo de la Guerra Fría. Y lo unipolar, entendido como el predominio estadunidense al caer la Unión Soviética, se convirtió en ilusorio al irrumpir paulatinamente en el panorama mundial distintas realidades regionales triunfantes y fenómenos de trascendencia internacional.

Así fue con la guerra de Irak —dos invasiones dirigidas por el clan Bush—, que convirtió paradójicamente en potencia al Irán que Sadam Hussein había derrotado en una guerra. O con la China comunista, que habiendo reprimido el movimiento estudiantil de Tiananmen, se preparaba para absorber inversiones y competir comercialmente con Occidente, que cerró los ojos a la existencia de una dictadura totalitaria enemiga de valores universales y occidentales.

Un hombre sostiene un póster del famoso «Tank Man» de pie delante de los tanques militares chinos en la Plaza de Tiananmen en Beijing el 5 de junio de 1989, durante una conmemoración con velas en el Parque Victoria en Hong Kong el 4 de junio de 2020, después de que la vigilia anual que tradicionalmente tiene lugar en el parque para conmemorar la represión de 1989 en la Plaza de Tiananmen fue prohibida por motivos de salud pública debido a la pandemia de coronavirus COVID-19. (ANTHONY WALLACE/AFP vía Getty Images)

En el espacio del Gran Juego de Afganistán —como se conoce el conflicto geopolítico entre la potencia rusa y la Gran Bretaña, para el control de Asia Central—, habrían de participar un grupo de fundamentalistas, los talibanes, apoyados por los servicios secretos paquistaníes.

Con estos breves ejemplos se puede entender que desde su inicio nuestra época sigue siendo compleja, a pesar de que parecía haber dejado atrás la intensidad y secuelas del siglo XX. En un periodo muy corto, grandes cambios han acontecido, desde culturales al surgir —apoyado por instancias internacionales— el manejo de antivalores en los cuales se confunden derechos esenciales con supremacías indebidas —como sucede con la ideología de género—, hasta realidades económicas y militares que conllevan riesgos para la estabilidad mundial.

El endeudamiento estadounidense —34.5 billones de dólares— se ha convertido en un factor de riesgo de la estabilidad económica internacional, lo que constituye una paradoja pues al mismo tiempo su dinámica económica sigue siendo una clave de su potencia.

En este terreno resbaladizo se entiende la necesidad de Estados Unidos de elevar su capacidad competitiva respecto a China, fortaleciendo su alianza con Japón y manteniendo su influencia en Europa.

En esta circunstancia, una Rusia levantada por un régimen autoritario encabezado por Vladimir Putin, decidido a recuperar para su país el papel de gran potencia, invadió Ucrania, al no bastar la anexión de Crimea y Sebastopol, en la visión de la Gran Rusia.

Al régimen de Putin la falta de reconocimiento internacional por aquella anexión no le importó gran cosa. Eso es al margen del conflicto interno en Ucrania alimentado por el apoyo ruso a los separatistas de Dombás.

El hecho es que la guerra ruso-ucraniana tiene raíces geopolíticas muy profundas, pues Ucrania busca su integración europea, con todas las implicaciones que representa en sus aspectos económicos, culturales, políticos y militares.

¿Por qué Ucrania ha decidido tomar un camino separado de Rusia, en un viraje donde su pertenencia a la Unión Europea y a la OTAN significa un realineamiento que modifica de manera sustantiva no sólo un esquema geopolítico, sino representa indudablemente un freno al renacimiento de la Gran Rusia?

Quizás, al margen de su proyección actual, esta decisión tiene su cimiento en una vieja historia que no siempre se toma en cuenta. Se trata del Holodomor, la Gran Hambruna provocada por la colectivización forzosa bolchevique de los años treinta del siglo XX.

Ucrania jamás se va a someter a Moscú. Los comunistas bolcheviques fueron responsables de la muerte de más de cinco millones de ucranianos, muertos por hambre, la mayoría en un escenario apocalíptico. Se les despojó de sus granjas, se decomisaron sus cosechas, sus animales, se les asesinó en una hambruna provocada artificialmente.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg (izq.), hace un gesto junto al presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, durante su conferencia de prensa conjunta en Kiev, Ucrania, el 20 de abril de 2023. (Roman Pilipey/Getty Images)

La policía secreta comunista, la NKVD, fue la punta de lanza de esa política genocida. Hubo también antes y después deportaciones, torturas, fusilamientos, reeducación de niños para despojarlos de su idioma, de su cultura.

El estudio de Anne Appleton, La gran hambruna, es ya un clásico terrible acerca de este crimen comunista ordenado por Joseph Stalin. Ucrania no lo ha olvidado, lo conmemora, lo ha estudiado, no van a aceptar nunca el dominio ruso.

Occidente apoya a Ucrania. Hay voluntarios polacos luchando del lado ucraniano y Polonia ha recibido a cientos de miles de refugiados. Su resistencia ha sido muy destacada no sólo de su Ejército, sino de brigadas de voluntarios, hay unas formadas por artistas, poetas, músicos. El célebre Batallón Azov, formada por milicianos nacionalistas con ideología de extrema derecha, luchó heroicamente en Mariúpol, ciudad hermanada con el puerto de Odessa. La guerra continúa e indudablemente no se ha tratado de un paseo para el Ejército de Putin.

Un fiscal de crímenes de guerra (centro), un socorrista (derecha) y un civil observan un edificio destruido tras ser alcanzado por un ataque con misiles en la ciudad ucraniana de Sergiyvka, cerca de Odessa, que causó la muerte de al menos 18 personas y 30 heridos, el 1 de julio de 2022. (Oleksandr Gimanov/AFP vía Getty Images)

El otro conflicto que es determinante para la definición del mundo desde el punto de vista de los equilibrios geopolíticos, pero sobre todo en lo que se refiere a la justicia internacional, es el que actualmente se desarrolla en Gaza.

El 7 de octubre del año pasado, miembros de Hamás emprendieron un ataque terrorista a gran escala en el sur del territorio israelí. El resultado fue más de mil doscientos muertos y casi doscientos rehenes, en su mayor parte civiles. A pesar de lo sorpresivo del ataque, las fallas en la defensa militar y de inteligencia israelíes fueron patentes.

Benjamín Netanyahu se encontraba en esos momentos cuestionado por sectores de la sociedad civil de su país, pero la magnitud del ataque le ha permitido encabezar una ofensiva que ha sido considerada desproporcionada y que, según resoluciones de la Corte Internacional de Justicia, infringe normas del derecho internacional.

Más de 17 mil niños muertos, 8 mil mujeres, 12 mil hombres, la mayor parte civiles, son las cifras redondeadas de víctimas, avaladas por distintos organismos internacionales. Se han bombardeado hospitales, zonas residenciales enteras han sido demolidas, la destrucción total de la Universidad de Gaza ha sido repudiada, en particular por Universidades de todo el mundo.

El cerco por hambre tiene por objetivo el desplazamiento forzoso de la población palestina, lo que hace rememorar la «al Natkba» (catástrofe, en árabe), cuando las tropas sionistas obligaron en 1948 a un éxodo de 800 mil palestinos y los despojaron de sus casas, obligándolos a vivir en campamentos de refugiados o dispersarse en distintos países árabes.

La reacción contra el ataque a Gaza ha sido general. Por ejemplo, el filósofo Edgar Morin, de origen judío, llamó a un despertar de la conciencia universal para detener la ofensiva militar israelí. En decenas de universidades de todo el mundo, pero especialmente en Estados Unidos, movilizaciones de estudiantes a favor de una Palestina libre han sido semejantes a aquellas contra la guerra de Vietnam que marcaron los años finales de los 60 y los iniciales de los 70 en el siglo pasado. Escritores, artistas, actores, cineastas, músicos, se han manifestado públicamente contra la acción del Ejército Israelí. Marchas multitudinarias se han celebrado en muchas capitales del mundo.

El fiscal de la Corte Internacional de Justicia ha pedido se ordene la detención de Benjamín Netanyahu y de tres mandos de Hamás, responsables del ataque del 7 de octubre. Más allá de lo simbólico, la deslegitimación que esto produce de la ofensiva israelí es muy clara e inusitada en la historia internacional.

Joseph Borrel, diplomático de la ONU, sostiene la tesis de que el gobierno de Benjamín Netanyahu financió a Hamás con el propósito de dividir a los palestinos —Hamás, fundamentalista religiosa, es enemiga mortal de Al Fatha, la otra organización palestina— y contar así con un enemigo a modo para sus planes de una nueva «al Natkaba». El hecho es que Occidente no puede legitimar estar contra la invasión rusa de Ucrania y permitir una ofensiva como la de Israel  a Gaza, violatoria del derecho internacional y del derecho humanitario. Esa es la encrucijada del mundo.


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Las opiniones expresadas en este artículo son propias del autor y no necesariamente reflejan las opiniones de The Epoch Times

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