«Oí una voz que me dijo ‘Levántate'»: Valiente testimonio de fe de un militar veterano hispano

Por Pachi Valencia
29 de mayo de 2024 7:28 PM Actualizado: 30 de mayo de 2024 12:07 PM

En un Estados Unidos que a menudo parece dividido por líneas políticas, raciales e incluso religiosas, el capitán retirado John M. Arroyo emerge como un faro de esperanza y fortaleza. Su historia, marcada por el sacrificio y la determinación, es un recordatorio de la capacidad del espíritu humano para superar adversidades y encontrar luz en medio de la oscuridad.

El fatídico 2 de abril de 2014, en la base de Fort Hood, Texas, el destino de Arroyo cambió para siempre. Mientras cumplía con sus deberes militares, fue gravemente herido en un tiroteo masivo perpetrado por un compañero soldado, Ivan Lopez.

Lopez, un soldado de 34 años que sirvió en la Guardia Nacional de Puerto Rico y estuvo desplegado en Irak y en el Fort Bliss antes de ser trasladado al Fort Hood, disparó mortalmente a tres personas e hirió a 16 más–entre ellas, el capitán Arroyo–antes de quitarse la vida.

López sufría de problemas de salud mental, incluyendo depresión y ansiedad, y estaba en proceso de ser evaluado por un posible trastorno de estrés postraumático (TEPT). Los investigadores revelaron que no había vínculos claros entre sus problemas de salud mental y el ataque, aunque sí se identificaron factores de estrés personal y profesional en su vida.

El capitán Arroyo relata el momento angustiante en que escuchó los disparos durante este ataque y sintió el agudo dolor de la herida, en una entrevista con Kelly Wright de America’s Hope, adaptado al español para ‘Opinión Pública‘ de EpochTV.

«Nadie piensa que estaría en peligro en su base militar», dijo Arroyo, recordando el inicio del trágico evento. «Nunca pensé que mi vida estaría en peligro por un compañero de servicio, pero eso es exactamente lo que pasó», agregó.

El militar hispano se enlistó al ejército en 1998, y unos años después se convirtió en Boina Verde. Sirvió dos veces en Afganistán y una en Iraq, y tras doce años en las Fuerzas Especiales, fue comisionado y seleccionado para el Cuerpo de Servicio Médico. Cuando llegó a la base de Fort Hood, en Texas, en el 2013, fue asignado a la 1.ª Brigada Médica como líder de pelotón.

El capitán Arroyo estaba estacionando su coche cerca del cuartel general de la brigada cuando escuchó disparos. Poco después, el coche de López se detuvo a unos 15 metros de distancia. Sin saber que Lopez era el autor del tiroteo, el capitán Arroyo siguió observando el área de donde provenían los disparos. De repente, López disparó una bala calibre .45 que impactó en la garganta del capitán Arroyo, dejándolo al borde de la muerte.

«Me alcanzó una bala calibre .45 que me cortó la vena yugular, atravesó mi caja de voz y se alojó en mi hombro derecho. Un disparo así en la garganta es, para la mayoría de las personas, una sentencia de muerte instantánea. Y recuerdo pensar, ¿me dispararon? Porque no sentí ningún dolor. No hubo nada que me dijera inmediatamente que me habían disparado, excepto que, en ese momento, el aire en mis pulmones simplemente se escapó», recordó Arroyo.

«De repente, la sangre empezó a brotar de mi cuello, así que me alejé del tirador y no caí al suelo, sino que regresé a mi coche tratando de alejarme, y fue allí donde finalmente colapsé», añadió.

Luego del impacto de bala, los médicos le dijeron que su laringe y su brazo derecho quedarían con daño permanente. Sin embargo, dos meses después pudo hablar y tras meses de una intensa rehabilitación, logró recuperar su mano derecha.

A pesar de haber buscado la aprobación externa durante toda su vida debido al vacío emocional que le dejó la pérdida de su padre a la temprana edad de 5 años, el militar hispano recuerda haber pensado en algo muy fundamental mientras sentía que su vida se desvanecía.

«No pensé ni un segundo en los ‘likes’ de las redes sociales, no pensé en cuánto dinero tenía en mi cuenta bancaria, no pensé en los títulos, las insignias y todas las cosas del ejército que, si tienes, la gente admira», señaló.

«Lo único que vino a mi mente fueron mis hijos y mi esposa», añadió, y dijo que inmediatamente escuchó una voz.

«Escuché una voz audible que me dijo: ‘John, levántate o tu esposa morirá’».

El capitán Arroyo contó que su esposa ya había perdido a su padre, a su madre y a su hermano en un periodo de tiempo muy corto, sumado al hecho que había intentado suicidarse dos veces, por lo que el joven militar, en ese momento de agonía, debía mostrar su determinación.

«Dios intervino en ese momento. Él intervino en medio de todo. Intervino cuando mi vida se estaba yendo, y me dijo: ‘Levántate'», recordó.

«Así que por fe me levanté y empecé a caminar, y fui a buscar ayuda».

Arroyo hizo un gran esfuerzo para levantarse y buscar ayuda, presionando su garganta para detener la hemorragia y tropezó con un hombre, a quien estuvo a a punto de pedir ayuda, era el tirador.

«Estaba a 10 pies de él, pero nunca me vio», dijo. «Pasó junto a mí y entró en el edificio y empezó a disparar de nuevo», dijo Arroyo.

Al año siguiente del tiroteo, el capitán Arroyo recibió la Medalla del Soldado por su «heroísmo más allá del cumplimiento del deber», el honor más alto que puede recibir un soldado fuera de una situación de combate.

Las cicatrices del capitán se convirtieron en un testimonio viviente de fortaleza, y se volcaron en su compromiso de transformar el dolor en esperanza.

Desde entonces, ha utilizado su experiencia cercana a la muerte para inspirar a otros, hablando con prisioneros, estudiantes de escuelas secundarias, soldados heridos y personal militar.

«Hay tantos veteranos que no quieren escuchar o hablar con un médico porque no han pasado por lo que ellos pasaron, pero mi esposa y yo hemos sido quebrantados en todas las formas posibles, mental, emocional y físicamente. Y podemos usar nuestras cicatrices y decir: ‘Sabemos por lo que has pasado'», expresó en la entrevista.

Sobre si guarda algún rencor por el autor del crimen, el capitán Arroyo dice que quiere que la familia de Iván López sepa que él los perdona y los ama, y que en esta semana de reflexión por el Día de los Caídos, la mejor forma de honrar a sus compañeros es a través del ejemplo.

«Yo no conmemoro a los soldados porque yo he ido a la guerra. Sé el sacrificio que se hizo por mí», dijo el veterano.

«Lo que hago es celebrar su sacrificio con la forma en que vivo mi vida. Los soldados de la guerra y de ese 2 de abril no tienen la oportunidad de despertarse cada mañana, abrazar a su esposa, besar a sus hijos y llevarlos a la escuela. Entonces, ¿Qué debo hacer? Asegurarme de que mi vida sea dos veces mejor porque estoy vivo y también llevando su legado», dijo.

«No voy a vivir con ansiedad, abatido, consumido por el PTSD, lleno de pastillas en una esquina, o envuelto en una manta mojada tratando de quitarme la vida, porque sé el sacrificio que aseguró que esté aquí haciendo esta entrevista».

«Ellos no tienen esa oportunidad, así que voy a vivir mi vida mejor por ellos y por mí», añadió el militar.

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